Hace unos días el Diputado Kast planteó una interesante pregunta en relación a la regulación de las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Se preguntó –acertadamente- ¿y después qué?
Vale la pena intentar responder a tan interesante pregunta. ¿Qué pasará después de que terminemos con la discriminación contra las minorías sexuales? ¿Qué ocurrirá cuando se termine con la intervención eclesiástica en las instituciones del Estado? ¿Cómo será nuestro país con menos intolerancia?
Podemos aventurar una respuesta. Tendremos un país más justo, en donde no se hagan diferencias odiosas respecto de homosexuales, lesbianas y transexuales. Un país en el que la sexualidad deje de ser un tabú y seamos capaces de conversar sobre ella, y enfrentar los problemas de educación sexual sin esconder la cabeza en la tierra.
Tendremos un país en que el Estado y sus instituciones sean para todos y todas, creyentes y no creyentes, para el clero y los laicos, sin necesitar la venia eclesiástica para regular –o desregular- situaciones que mayoritariamente la sociedad reclama.
Tendremos un país un poco menos intolerante, lo que nos permitirá enfrentar otras situaciones de discriminación con una mirada diferente. Cuando dejemos de discriminar a homosexuales, lesbianas y transexuales, podremos obligarnos –también- a dejar de hacerlo para con los pueblos originarios, los inmigrantes latinoamericanos que llegan a Chile en busca de mejores oportunidades, podremos creer que podemos terminar con la discriminación contra la mujer, contra los adultos mayores y contra los jóvenes.
Como podemos ver, el día después de mañana nos trae grandes oportunidades para cambiarle la cara a este Chile que aspira al desarrollo. Para lograrlo, es necesario el desarrollo de la tolerancia, el respeto y la aceptación de las diferencias.
Puede estar tranquilo Diputado, que después de la regulación de las uniones de hecho, Chile estará un poco mejor que hoy.

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